Síntesis histórica de La Rioja I: griegos y romanos.

Griegos-cartagineses. Epoca románica. La destrucción de Calahorra.

 

Colonias griegas en la península ibérica

Hay en el mundo pueblos destinados a los descubrimientos. Y para ello el camino no podía ser otro que el conocimiento de las rutas del mar: fue el papel del pueblo fenicio, cuyo comercio se desarrollará en el Mediterráneo, alcanzando el sur y este de la Península. No tuvieron influencia alguna en la Rioja.

 

Año 900. Los griegos sintetizan la acción y la expansión en el Mediterráneo. La Ilíada y La Odisea de Homero son reflejo de unos hombres, hábitos y costumbres que conmocionan una época. Es un pueblo que modela a sus dioses con su propio ser. En los grandes templos y frontones de Egina se contemplarán imágenes de soldados y divinidades. Los mitológicos dioses han descendido al pueblo hasta transformarse en un atleta de formas armoniosas.

 

Es evidente que en la Rioja, entre las colonizaciones griegas y la raza indígena, no existió fusión de razas, si bien no se descarta la posibilidad de que estos colonizadores alcanzaran la antigua ciudad de Varea, siguiendo la ruta del Ebro, tan propicia a los intercambios comerciales. Algunos tratadistas —sin base fidedigna—, consideran que los nombres de Alfaro y Haro son de origen griego, y según Estrabón La Rioja fue conocida con el nombre de «Luconia» como derivado de «los lucones», procedentes de Sicilia.

 

Cartagineses

 

Los cartagineses vinieron a España en ayuda de los fenicios, pero en realidad lo hicieron como conquistadores, asentándose al sur de la Península. España tendrá un importante papel en las guerras púnicas. Derrotada Cartago, el antiguo imperio tartesio quedaba libre de la influencia cartaginesa, pero éste conservaba la fidelidad de las colonias fenicias asentadas en la Península. España, por su situación geográfica y riqueza de su suelo, suponía un baluarte en la lucha contra Roma.

 

En el año 328 a. de C., los cartagineses, mandados por Amílcar Barca, acompañado de su yerno Asdrúbal y de su hijo, el joven Aníbal, al mando de un poderoso- ejército compuesto cn su mayoría de libios, , desembarcan en Cádiz e invaden Andalucía y Levante. En su camino victorioso tuvo que enfrentarse a pequeñas tribus que pretendían impedirle su paso.

 

Según datos históricos parece deducirse que murió al atravesar un río —el Guadiana según unos y el Ebro según otros—, pero resulta más fundada la opinión basada en un testimonio de Cornelio Nepote, que su muerte, en la acción de Ilice o Vélice (hoy Elche o Belchite), como recoge José Repollés Aguilar, al señalar que el ardid de que se valió el héroe hispano llamado Orisón, para ocasionar su muerte, consistió en que fingiéndose partidario de los cartagineses lanzó contra ellos gran número de toros bravos que llevaban sobre las astas haces de leña ardiendo. [wikipedia]

 

toro con teas ardiendo en los cuernos

Toros con teas ardiendo en las astas contra los elefantes cartagineses. Encuentro cruento.

Este hecho debió constituir una diversión pública entre los celtíberos; de ello son reminiscencias: «El toro de pólvora» usado en la Mancha; el «Toro júbilo» que se corre en los pueblos de la provincia de Soria; el «zetcen-zusko» en las provincias vascongadas, y otros toros de fuego que actualmente forman parte de muchas fiestas españolas.

Ante la muerte de Amílcar Barca le sucedió en el mando su yerno Asdrúbal, cuyos hechos más salientes fueron la fundación de la ciudad de Cartago Nova (Cartagena). Las colonias griegas, temerosas de su independencia, pidieron la ayuda de Roma, llegándose al denominado «tratado del Ebro» firmado en Cartago el año 226 a. de C., en el que se señalaba dicho río como límite de expansión.

Asdrúbal hizo una política de atracción sobre la población indígena y contrajo matrimonio con una hija de los régulos españoles. Su carácter conciliatorio no le librará de un trágico destino: Se dice que su muerte fue a manos de un celtíbero que quiso vengar al régulo Tago, que había sido crucificado. Esta versión aparece modificada por otras, que la atribuyen a un celta por agravios personales o un siervo vengativo por la muerte de su señor.

Al guerrero Asdrúbal le sucedió el joven Aníbal, hijo de Amílcar Barca, de quien se dice que cuando aún era niño su padre le hizo jurar «odio eterno a los romanos».

Aníbal tiene como firme pensamiento la destrucción de Sagunto, ciudad hostil al dominio cartaginés y amiga de Roma; era una fortaleza inexpugnable. Durante su asedio el general cartaginés tuvo que distribuir sus fuerzas para combatir los levantamientos de carpetanos y oretanos. La defensa de Sagunto fue desesperada y se cuenta que muchos de sus defensores se arrojaron a la hoguera antes que rendirse ante el enemigo.

 

Conquistada Sagunto, Aníbal creyó llegado el momento de atacar Roma en su propia península; con la ayuda de mercenarios hispánicos y celtíberos prepara un poderoso ejército que, cruzando los Alpes, llegarán hasta Italia. Sus fuerzas guerreras se componían de 61.000 hombres en su mayor parte celtíberos, 9.000 caballos y 40 elefantes. También figuraban algunos «vascones», no apareciendo referencia sobre los berones, si bien es de tener en cuenta que parte de la Rioja baja formaba parte integrante de los primeros. Sin dificultades de paso por territorio galo, atravesó los Alpes en memorable hazaña en la que perdió miles de hombres y efectivos. Con sus mermadas tropas venció al cónsul Publio Cornelio Escipión cerca del río Tessino; cruzó los Apeninos y en el lago Trasimeno obtuvo una resonante victoria contra el cónsul Flaminio, que pereció en la lucha con más de 20.000 hombres. Aníbal obtendrá su mayor logro contra Roma en el combate en la llanura de Cannas, junto al río Ofante, donde según referencias de Polibio y Tito Livio perecieron más de sesenta mil combatientes, entre ellos el cónsul Paulo Emilio.

 

Aníbal llegó a las puertas de Roma, pero cometió un gravísimo error que modificará las páginas de la historia: No atacar la ciudad en unos momentos en que la resistencia hubiera sido nula…

 

Inverna en Capua y entretanto, con hábil maniobra, Roma envía sus ejércitos a España al frente de Cneo y Publio Cornelio Escipión, que inicialmente conseguirán señaladas victorias, que no impedirán la derrota y muerte de ambos guerreros en una emboscada con la participación de las tribus elergitas (Lérida).

 

Ante un senado consternado por las trágicas noticias, un joven militar de veinte años levantará su voz: —Quiero ser el vengador de mi familia; entre las tumbas de mi padre y de mi tío yo sabré ganar batallas.

 

Son palabras que menciona Repollés Aguilar en sus trabajos históricos. Publio Cornelio Escipión el «Africano» cumplirá su promesa, y aproximadamente en el año 202 a. de C., en Zamna, vencerá a su enemigo. El legendario Aníbal no puede aceptar la derrota más que con la muerte: el veneno dejará su cuerpo inerte…

 

En la Rioja la influencia de estos hechos es escasa; persiste ese mundo de fusión de berones y celtas en un caminar hacia el futuro…

 

La época romana

 

Expulsados los cartagineses, sobre nuestra Península se ciñó el período romano, que dejó indudables vestigios en nuestra región. Roma divide la Península en España Citerior y España Ulterior, quedando comprendidos los berones en la Citerior, así como los vascones, a los cuales pertenecía Calahorra —y dividida en tiempos de Augusto en Tarraconense, Bética y Lusitania, la Rioja quedó comprendida en la primera—, teniendo como principales ciudades a Calagurris, Varia y Tritium…

 

Publio Cornelio Escipión se posesionó de Calagurris, llamándola Calagurris Nassica. Viriato lucha contra Roma y nuestras tierras se unen al grito de independencia y libertad lanzado por Viriato contra el imperio romano, contando entre sus filas a los tricianos, que Lafuente denomina «tricios»…

 

En Roma luchan por el poder Mario y Sila, y triunfador Sila, uno de los generales distinguidos del derrotado, llamado Sertorio, se refugia en nuestra Península, que organiza a su modo. Contra Sertorio, Roma lanza sus generales Metelo y Pompeyo y nuestros pueblos, en defensa del oprimido, se consideran adictos a Sertorio. Año 73, Sertorio morirá bajo las puñaladas de su lugarteniente Perpenna, aliado a los conjurados de Roma, quien, a su vez, fue derrotado y muerto ante las tropas de Pompeyo.

 

El asedio de Calahorra, el hambre calagurritana.

Dicen las leyendas que Calahorra, sitiada por las tropas de Afrasio, capitán de Pompeyo, hizo una defensa desesperada. El hambre —según Valerio— llegó al punto de salar los cadáveres de los caídos para alimentarse los vivos, y que de aquí vino la frase «Fames Calagurritana»; arrasada la ciudad por Afrasio, destruyó la ciudad después de degollar a sus heroicos habitantes.

Repoblada la ciudad por Julio César, éste la denominó Calagurris Julia y con Octavio César obtuvo la especialísima distinción de crear para ella una guardia de tres mil calagurritanos. Como resaltaba en la obra Historias y antiguas leyendas de la Rioja, en esta heroica lucha que tuvo límites excepcionales surgirá la eterna polémica, quizás lo que pudiéramos considerar la desvirtuación de lo realmente sucedido.

¿Es posible que aquel pueblo, en su hambre y desesperación, pudiera llegar a los límites de alimentarse de la carne salada de sus seres más queridos?

 

Analicemos que Roma precisaba hechos triunfalistas. El asedio de Calahorra había sido cruento, de una dureza inenarrable. ¿A quiénes les interesaba ensalzar una victoria que había resultado tan costosa en pérdidas humanas y material bélico?

No existe duda que por razones políticas y militares únicamente podrían beneficiarse aquellos militares que habían intervenido en la contienda y cuyos cantos de gloria tenían que resonar en tierras lejanas.

Los vascones, en su rebeldía, habían sido calificados de rebeldes y feroces. ¿Es que no había llegado el momento de explotar esos acomodaticios atributos para engrandecer una victoria sobre una ciudad sitiada ante un poderoso ejército?

 

En esa campaña de desprestigio, para ensalzar las gestas romanas se repetirán citas históricas…

 

Valerii Maximi. Factorum dicto-_ rum que memorabilium : «… Calagurri-ranorum execrabilis impietas su-pergressa est. Qui, quo perseverantius inrerempti Sertorii cineribus, obsidionem Cn. Pompeii frustantes, fidem praestarem, quia nullum jam aliud in urbe eorum superat animal, uxores suas natosque ad usum nefarie dapis verterunt. Quoque diutius ar-mara juventus viscera sua visceribus suis aleret; indelices cadaverum reliquias salire non dubitavit».

 

Florus mencionará el sitio de Calahorra consignando que pereció «tras haber sufridos el hambre en todos sus grados y formas», cuya rendición estimará Orosius fue producida por el hambre a sus últimos extremos, siendo sus habitantes pasados a cuchillo y la ciudad incendiada.

 

Truculentas resultan las referencias de Sallustius y Valerius Maximus sobre los horribles extremos a que llegaron los calagurritanos en su heroica defensa. ¿Existen fuentes suficientes para sentar como hecho indiscutible que los defensores tenían que re-currir al canibalismo por carecer de reservas alimenticias?

Consideramos que no. La heroica defensa de la ciudad no puede ser manchada por unas falsas imputaciones con las que el vencedor pretendía engrandecer los atributos de una victoria que solamente era consecuencia de una desigualdad de medios de lucha. Este es el enigma que quedará latente.

¿Se ajusta a la realidad tal información? Lasa señala que fue otro romano, Valerio Maximo, quien atribuyó a los calagurritanos el crimen de haber comido a sus mujeres e hijos para prolongar el sitio de la ciudad y no sucumbir al poderío romano, justificando así a Afrasio por su no menos espantoso crimen.

Consideramos que la bravura de los de-fensores había provocado una tardanza en la ocupación de la plaza. ¿Cómo justificarla an-te una superioridad numérica del invasor, dotado de una poderosa maquinaria guerrera? No cabía otra solución que atribuir a los si-tiados unas excepcionales dotes de defensa. Había que resaltar su valor, pero al propio tiempo buscar su descrédito ante el pueblo romano. Y así, con el atributo de unos instintos salvajes por parte de los sitiados para prolongar la lucha, los vencedores se vanagloriaban de su victoria. Es evidente que Sertorio había reavivado el espíritu de lucha en sus seguidores; tam-bién resulta innegable que nombres como «Numantia» y «Calagurris» son ejemplos ex-cepcionales en una lucha desesperada, que tuvo la calificación de «suicidio colectivo». ¿Qué motivos pudieron impulsar a los moradores de la ciudad a su heroica defensa? Es lógico presumir que con valor y lealtad se conjugaron factores de fanáticas minorías que impulsaron a medrosos e indecisos a la idea de que solamente con la victoria lograrán es-

 

capar a la muerte. Roma pretende esculpir sus formas en to-dos los caminos. De su imagen quiere hacer un mundo universal. Fomentará las peregri-naciones en cruzadas de fe. En cada pueblo o ciudad dejará significaciones del arte románi-co. Pero en su lucha expansionista, de sus triunfos guerreros precisa hacer gestas. Es el culto a su grandeza. Surgen los poetas y narradores históricos ensalzando a sus hombres en lucha contra una barbarie desconocida que llegue a produ-cir el «estremecimiento» deseado: el heroico defensor al propio tiempo ha tenido una fe-rocidad hasta el punto de consumir, para su subsistencia y defensa de la ciudad, la carne de sus seres más queridos. Con tintes trágicos han creado símbolos y visiones deformadas. Y entre sus ruinas, quedaba el recuerdo de una ciudad: Calahorra. Su historia se encuentra vinculada a lo que pudiéramos denominar «La España de Sertorio» y período de romanización del pueblo vascón. La ciudad tuvo su época de esplendor: MUNICIPIUN que se gobernaba por sus pro-pias leyes, gozando de los mismos privilegios que Roma. Es curioso que Julio César y César Augus-to tenían su guardia personal en una compañía —«manus de Calagurritanos»—, vanagloriándose haber conseguido modifi-carles hábitos y costumbres, entre ellos su atribuida ferocidad. En las antiguas descripciones de geógrafos e historiadores griegos y romanos aparece Ca-lahorra como una de las ciudades de los vas-cones cuyos límites no son coincidentes con las actuales provincias Vascongadas, como reco-gen diversos investigadores, entre ellos Gregorio de Balparda en su obra Historia crítica de Viz-caya y de sus fueros. Su denominación procede para unos de «Calagorinos» —al parecer como nombre más primitivo—. Para otros con la denominación romana tendrá una variante en «Calagurris» (ciudad en alto junto al río). En otras reseñas se dirá que Julio César, en atención a su ro-manización y en memoria a su nombre, aña-dió a «Calagurris» la palabra «Julia», desig-nándola como «Calagurris-Julia». Atribuyéndose la denominación de «Nassica» a Publio Cornelio Escipión —más cono-cido por dicho nombre—, que gobernó la ciudad (año 188 a. de C.). En la Rioja alta existen evidentes testimo-nios de su período de romanización; estos vestigios son más abundantes en la Rioja alta no obstante la importancia que tuvo Calahorra en la época románica. El monasterio primitivo de Santa María la Real, de estilo románico, las necesarias res-tauraciones lo transforman en su actual fisonomía de los estilos gótico y renacimien-to. El sepulcro de doña Blanca es un vibrante testimonio románico del siglo XII. Vestigios románicos aparecen en el monasterio de Su-so, Santo Domingo de la Calzada e iglesias de Ochanduri, consideradas como la estructura más avanzada del románico en la Rioja al-ta; iglesia de Castilseco, con su sencilla porta-da románica con capiteles y arquivoltas sin decoración; iglesia de Fonzaleche, con su áb-side; Foncea, con los vestigios de su antigua muralla y su torre denominada Torre Mocha; Valgañón, con su iglesia que conserva algu-nos capiteles con hojas de acanto y cariátides e interesante pila bautismal; iglesia de Zorraquín, con sus herrajes; la virgen románi-ca de Santa María del Palacio, en Logroño; Navarrete, con su portada del cementerio de estilo románico muy avanzado; Calahorra, con valiosos testimonios, entre ellos restos del antiguo acueducto; lápidas, monedas, entre ellas una que señala «Calacorrinos» y una ca-beza femenina de mármol, modelo griego; virgen románica del siglo XII en Nuestra Se-ñora del Monte, en Cervera; Tricio, con el valor artístico de la Tritium romana en la er-mita de los Arcos, con sus capiteles y fustes; Canillas del Río Tuerto, con su pila bautis-mal; iglesia de Ledesma, de una sola nave, con ábside semicircular; Valvanera con su Virgen, Patrona de la región, escultura romá-nica del siglo XII; restos de las ermitas de San Pedro y Santa Catalina, en Mansilla de la Sierra; iglesia de Villavelayos; ábsides de Villaseca y Tirgo y otras localidades con vesti-gios de este estilo románico, en el que la piedra, con motivos de fe, conjuga y armoniza la arquitectura con la escultura. Son repre-sentaciones mostrando el camino del hombre hacia la divinidad. Dios, Jesucristo, y los apóstoles son figuras principales que se mul-tiplican en el escenario del Bien —el Paraíso— o en el del Mal —el infierno—. La Biblia es texto escrito del cristiano, que en la piedra será tema sin palabras. El pueblo no puede leer un latín que ignora; pero ahora contempla unas escenas que le dan concinciencia que debe amar y respetar a dios como camino hacia el paraíso. El castigo es el infierno reflejado en alucinantes motivos. Propagar el temor a dios es un tema de la época románica.