Monasterios en La Rioja

Monasterios en La Rioja, palabras entre el silencio
Desde el último recodo del camino, el viajero contempla el monasterio de Suso con algo de sorpresa: aquí no hay grandes muros ni solemnes campanarios. El edificio parece una casita campestre sin pretensiones de hidalguía. Sin embargo, a la entrada, un cartel metálico grita palabras mayores: Patrimonio de la Humanidad. La sorpresa crece: una designación tan pomposa y grandilocuente choca con su silueta humilde, casi franciscana.

De pronto, la puerta de acceso se abre y la luz penetra en una galería estrecha y sembrada de piedras. Es inevitable entonces sentir un cierto temblor. Por estos parajes anduvo, hace ya milenios, un santo ermitaño longevo y asceta, llamado Millán; un hombre devoto que escapó del siglo y se refugió en los montes Distercios para llevar vida de oración y privaciones. Y en estas cuevas vecinas, hoy ocultas en el monasterio, se congregó una primera comunidad de anacoretas de nombres rotundos (Aselo, Geroncio, Citonato, Sofronio, Oria y Potamia), dispuestos a seguir las ásperas enseñanzas de su maestro.

Aquello sucedió hacia el año 500 y toda esa espiritualidad ingenua, casi infantil, invade a quien ingresa en Suso. La iglesia monástica se alza con pudor hacia un firmamento cercano, con su bóveda sujeta por hermosos arcos mozárabes. Formas arábigas que recuerdan tiempos de frontera, guerra y destrucción: apenas superado el año mil, el caudillo moro Almanzor quiso castigar a la cristiandad e incendió el monasterio de San Millán. Sabía lo que hacía: este cenobio minúsculo se había convertido en referencia cultural y espiritual de los nuevos reinos. Sus códices, miniados con gusto y morosidad, viajaban de biblioteca en biblioteca y el santo titular, dibujado con espada y luengas barbas, oficiaba de patrón de la balbuciente Castilla.

monasterio de Yuso La Rioja

Monje en el monasterio de Yuso de San Millán de la Cogolla

 

 

Aquel hervor del milenio está en los muros de Suso y recuerda una oración: Cono aiutorio de nuestro dueno dueno Cristo dueno salvatore… Es fácil imaginar al monje anónimo y laborioso que anotó esta plegaria en un códice. Sin suponerlo, aquel religioso acababa de extender la partida bautismal del castellano. El latín clásico se había desangrado definitivamente y la gente del pueblo ya no entendía de declinaciones. Así que el fraile copió el texto original y al lado, en una nota al margen, lo tradujo a la lengua que sus vecinos comprendían. Las Glosas emilianenses recogen la primera expresión literaria del nuevo idioma, hermosa y frágil como un destello.

Tras la fatiga por tan copiosas evocaciones, la mirada querrá vagar por el lugar. Las tumbas originales de los primeros eremitas, meros agujeros excavados en la roca, contrastan con el suntuoso cenotafio (tumba sin cuerpo) de San Millán: una obra labrada en un románico primoroso, que destila devoción e ingenuidad. El ermitaño aparece postrado plácidamente, con su sueño pétreo velado por cuatro efigies.

Desde Suso, cuando se contempla el monasterio de Yuso, su imagen resulta vagamente familiar. Su figura grande, serena e imperial parece sacada de un manual de arte herreriano. Ni una cornisa de más, ni un adorno superfluo, ni un alarido estético. El convento se acuesta sobre el valle como un gigante cansado. Del primitivo edificio románico apenas quedan algunos restos muy  escondidos. En su lugar, el monumento se alza grave y rectilíneo, lleno de patios, escaleras, claustros y salones.

De entre todas las estancias, una merece especial atención: la biblioteca. Se trata de una habitación mediana y casi rococó, forrada de maderas y libros. Entre la maraña de títulos, hay ediciones rarísimas, iluminadas con sabiduría y mimo medieval, y algunos incunables. En el aire se siente flotar el magisterio de Gonzalo de Berceo, el primer poeta español de nombre conocido, cantor de la Virgen, vecino del valle y supuesto monje emilianense. Sus versos más famosos (Quiero frr una prosa en roman paladino/en qual suele el pueblo fablar a su vecino) certifican el brío de aquel castellano infantil y juguetón que conquistó en San Millán la dignidad de la escritura.

 

 Milenario de la lengua castellana en 1977

Con toda esta carga de visiones, recuerdos, historia y literatura, se reanuda la marcha. Antes de llegar a Nájera, patria y tumba de reyes, toma un desvío para contemplar el monasterio de Santa. María del Salvador, en Cañas.

El edificio, solitario, brota de la tierra digno y terrible como si fuera una profecía. Con el cielo borrascoso, parece el escenario de una novela gótica. Las impresiones apocalípticas, no obstante, se desvanecen al entrar. La luz del día penetra en la iglesia por grandes ventanales y los arcos ojivales recuerdan la época en que se construyó. Gracias al sostén económico de los López de Haro, señores de Vizcaya (Diego López de Haro fue fundador de Bilbao) , hacia el año 1200 se fue levantando el convento, acorde con la importancia de sus benefactores. Desde aquel lejano entonces, las religiosas no han abandonado la abadía.

Apenas a diez kilómetros de distancia, en Nájera, Santa María la Real exhibe unas galas bien diferentes. La espiritualidad romántica de Cañas se ha convertido aquí en rotundidad belicosa y algo soberbia: los muros del monasterio, jalonados de contrafuertes cilíndricos, intimidan porque se intuye la presencia de reyes. A saber: monarcas navarros, castellanos y leoneses reposan bajo sus bóvedas. Desde que el rey Don García lo mandó levantar, hacia el año 1050, el convento se convirtió en el refugio postrero de los señores más principales de la cristiandad. Pasear entre sus estancias supone viajar de tumba en tumba y de siglo en siglo: allá descansa Doña Blanca de Navarra, en un sepulcro románico de relieves sobrecogedores; aquí duermen los Manrique de Lara, en un lecho renacentista de mármol negro; tras esa verja está el Panteón Real, con las estatuas orantes del rey Don García y de doña Estefanía Berenguer…Todos decidieron esperar el Juicio Final bajo la techumbre de Santa María, rezando entre filigranas góticas.

La borrachera de apellidos ilustres seguirá presente en el recorrido que finaliza en Valvanera. Aquí, en medio de un bosque arrebatado, coronado de montañas y cruzado porvarios riachuelos, triunfa una imagen singular. “Puede competir (en antigüedad) con cuantas hay en España, y no se diga en Europa, y por eso me parece es digna de ser retrato de la Madre de Dios”. Los ditirambos de fray Antonio Yepes, cronista benedictino del siglo XVII, inciden en el misterioso origen de la talla románica de Valvanera ( o Valbanera): una Virgen hiératica y sedente, cuyos brazos sostienen un Jesucristo anatómicamente imposible, con los pies girados en dirección opuesta al rostro. En torno a esta imagen se han ido tejiendo mil leyendas, hijas de la devoción y la fantasía populares.

virgen de valvanera en la rioja

Virgen de Valvanera en La Rioja con el niño Jesús con los pies del revés.

La mente está nublada al final del camino. Fechas, nombres, poetas, estilos y manuscritos se confunden en la imaginación y trazan el dibujo poliédrico de una apasionante Historia. Por eso hay que concederse un respiro y tomarse en la hostería una copa del licor que elaboran los monjes de Valvanera. Entonces hay que aspirar el aroma a hierbas silvestres, beber un buen trago y confirmar que el viaje ha merecido la pena.

 

Mapa de situación del Monasterio de Valvanera

Mapa de situación del monasterio de San Millán de la Cogolla