Ezcaray, suavidad entre montañas

Ezcaray, suavidad entre montañas

Ezcaray. Suavidad entre montañas

Su nombre significa “peña alta” , pero ello no implica, en este caso, dureza ni soberbia. Todo lo contrario: Ezcaray es un hospitalario refugio de paz, vida sana y placeres de la buena mesa entre las asperezas de la sierra de La Demanda.

ezcaray
Desdiciendo lo áspero y contundente de su fonética, Ezcaray rodea al recién llegado con suavidad de madre. Es, eso sí, un abrazo de manos recias y protectoras. Como la sierra de La Demanda en cuyas faldas está encajada —”peña alta”, significa su nombre vasco en castellano—, la villa envuelve de inmediato al visitante asiduo o accidental y le inyecta la sensación de verse invitado a un refugio privado.
Ezcaray lleva tatuada su condición como enclave de mezcla y encuentro frente al San Lorenzo, el pico más alto de la comunidad riojana. Especialmente a partir de que los vascones emigrados de las montañas alavesas y navarras trajeran consigo a un valle que había quedado despoblado en el siglo X su vida, su impronta cultural y muchas voces que aún perviven. Como llamados por esos ecos, en una suerte de bucle histórico, son legión los habitantes del País Vasco que desde hace décadas buscan aquí un respiro cuando allí la rutina ahoga. Una atracción que también alcanza a castellanos, madrileños, no pocos riojanos e incluso extranjeros, algunos tan entrañables como el danés Ebbe Traberg.

 

Fallecido en 1996, su figura condensa una filosofía vital que encontró en Ezcaray la plataforma donde mejor aposentarse después de recorrer el mundo de arriba abajo. Periodista internacional, políglota, humanista, poeta, amante de la buena cocina y especialmente del jazz, dicen que en cuanto respiró el aire serrano e ingresó en la casa solariega revestida de hiedra que su familia política posee en el centro del pueblo, también él experimentó ese abrazo intenso.

 

De Traberg se conservan hoy en Ezcaray multitud de huellas que pueden rastrearse sin dificultad. Una de ellas está en el festival de jazz bautizado con su nombre, que a mediados de julio inunda las calles de la localidad con la música y los músicos que él tanto veneró y disfrutó en los grandes clubes de Chicago, Copenhague o Londres. Jesús Pérez-Caballero, uno de los organizadores del memorial, compartió con el danés horas y horas. O mejor dicho, esas fracciones de tiempo elásticas y morosas en las que se desmenuza el reloj dentro de este oasis que brota en mitad de un paisaje escarpado.

 

—Cuando llegabas a su casa, nunca faltaba una botella de buen Rioja para paladear mientras escuchábamos algunos de los discos de la inmensa colección que poseía —recuerda—. Así, hablando de todo un poco, saltando de tema en tema, podía llegar la madrugada sin darte cuenta, charlando de improviso a la vez con más gente, porque su hogar era también el de todo el que venía de fuera de España hasta Ezcaray.

 

El gusto de Traberg por la exquisitez tenía poco de elitista. En la nómina de sus compañeros de coloquio, entre los soportales de la calle Sagastia o a la orilla del río Oja, figu-raban igualmente los viejos del lugar, junto a quienes aprendía de las nu-bes o discutía sobre fútbol. Y es que, como experimentan otros muchos en sus propias carnes, Ezcaray le sir-vió además para reconciliarse con la naturaleza, el aire sin aditivos y esa sabiduría rural que antes el pueblo exhibía a raudales y ahora intenta preservar a pesar del volumen de gente que, en especial los fines de semana yen los períodos vacaciona-les, arriba hasta este rincón de La Rioja y dispara su censo. Todos saben que la villa no cierra la verja de sus encantos en ninguna estación del año. El Ezcaray lozano del verano, exuberante en prima-vera o de nostalgia ocre cuando asoma el otoño sigue bombeando vida en invierno: entonces, la esta-ción de Valdezcaray, ubicada a sólo quince kilómetros carretera arriba, amplía una oferta de ocio que abarca un vasto catálogo de rutas y recovecos para los aficionados al senderismo, la bicicleta de monta-ña, la caza, la pesca, la micología o, simplemente, el silencio. Justo en el arranque del camino que asciende hacia las pistas de esquí bullen los alambiques de donde nacen exquisitos licores. Destilerías Ez-caray muestra de qué manera la lo-calidad y las aldeas que gravitan a su alrededor se resisten a ser gobernadas en exclusiva por el turismo, y cómo la hace siglos pujante industria, comandada tradicionalmente por el textil, mantiene su poso emprendedor, siempre guardando la armonía con el entorno. Así es como cada año, Juncal Blas y los suyos recogen las endrinas, las magullas o las moras con las que gestan una carta de doce licores completamente artesa-nales y de producción limitada.

—Cada uno tiene su propia gra-duación, un proceso específico sin productos químicos ni tratamientos industriales —detalla la joven entre el tintineo de las botellas que alma-cenan los aguardientes. El penetrante olor a orujo llama a desplegar la página central donde se escribe el espíritu de este paraje: la gastronomía. Porque de todas las vías de entrada que se abren a los sentidos, la que discurre por los estímulos de la buena mesa con-duce directamente al corazón de la villa. En una región donde los fo-gones son un lugar de culto y la tierra es generosa en frutos, los (numerosísimos) restaurantes que sazonan la localidad dan fe de que aquí se juega una liga de primera división. Con una particularidad: que los capitanes provienen de la cantera.

Francis Paniego abandera desde el Echaurren esa trascendencia imposible de articular sin la referencia espacial y sentimental de Ezcaray, que conjuga la tradición más fiel con propuestas de vanguardia. He-redero de una larga saga tan vincu-lada al pueblo como a los pucheros, lo primero que llama la atención del cocinero es su juventud y el modo en que se refiere a un establecimien-to convertido en lugar de peregrina-je para el paladar. —Hay clientes —repite a cada rato—que vienen a comer a nuestra casa desde hace décadas; visitantes que tienen aquí su segunda residencia y con los que luego compartes charla en la plaza del quiosco o es fácil coincidir de chiquiteo.

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