La Rioja, pequeño gran mundo

viñas cerca de Briñas 2

Paisaje de viñedos cerca de Briñas, localidad de La Rioja Alta

 

La Rioja, un pequeño gran mundo

 

La Rioja debería ser conocida y reconocida, además de por su prestigioso y venerado vino, por la enorme riqueza histórica y natural de esta tierra de acogida. Así lo reivindica el autor en su recorrido por la diversidad de pueblos y paisajes que componen un universo de tamaño humano.

En algunas ocasiones toca hablar brevemente con amigos y conocidos de fuera, de mi tierra, de su gente, sus paisajes y su Historia. En Buenos Aires o en Santiago de Chile, en San Juan de Puerto Rico o en Los Ángeles, en Viena o en París, recuerdo haber empezado mi intervención tratando de dibujar la imagen de La Rioja. Alguno de los que me escuchaban ni siquiera reconocían el nombre, otros intentaban visualizar este territorio de unos 5.000 kilómetros cuadrados, y los más lo vinculaban inmediatamente al famoso vino, porque cierto es que el rioja le ha dado a La Rioja una merecida fama. Pero es a la vuelta de aquellas ciudades, cuando me adentro en mi terruño por el desfiladero de las Conchas de Haro, que el Padre Ebro me abre las puertas de casa, me da la bienvenida y me invita a seguir su cauce hasta Alfaro, extremo oriental de la Comunidad Autónoma.

Es sobre el río Ebro, hacia el norte, donde se elevan los montes Obarenes y la sierra de Cantabria, desde donde se atisba, de modo inigualable, un océano de viñedos, infinito e inabarcable. Acabo de entrar en el paisaje de la viña. Un microclima adecuado le da cobijo, porque, sin duda, el vino de La Rioja es hijo de la naturaleza, del frío y del calor, de los vientos que mecen los pimpollos y las hojas, y del sol y de la lluvia que a veces se ponen de acuerdo y gestan el arco iris. Y qué decir de la tierra donde germinan las cepas, que hace de regazo, agradecida, callada, siempre dificil.

monasterio de suso en La Rioja

En el monasterio de Suso de San Millán de la Cogolla se escribieron las primeras letras en castellano antiguo.

En el valle, el cromatismo no deja de cambiar. Hacia marzo las cepas se inundan de lágrimas y, poco a poco, sus ramas comienzan a coronarse de verde. Y es este color el que se extiende sin ningún rubor por toda la ribera y el somontano riojanos, impregnando el ambiente de sensaciones frescas, vivas y primaverales. Conforme la temperatura aumenta en el verano, los pequeños racimos se tintan y las hojas que los defienden de los ardientes rayos de Helios adquieren un abanico de colores sin igual: el verde hace compañía al amarillo y al rojo, que finalmente dominará la paleta de tonalidades. La naturaleza delata a las claras que estamos en época de vendimia. Por último, la hoja con forma de corazón, de corazón riojano, dejará de latir y caerá cuando llegue el otoño. Ha terminado el ciclo y los campos volverán a las tonalidades grisáceas. De esta manera, las viñas nos han hecho vivir una historia de colores que anuncia la generosidad de su fruto, el mosto; la laboriosidad de sus gentes y, por supuesto, una forma de vida, la de los riojanos.

La realidad cotidiana en La Rioja se pierde en la noche de los tiempos. Ya los romanos llenaban sus copas con vino, y el buen hacer de los monjes mejoraría los métodos de elaboración tradicional que han llegado hasta el siglo XXI. En cualquier paseo entre los viñedos, queri-do visitante, podrás encontrar lagares rupestres o guardaviñas en las proximidades de algunas de las numerosas bodegas dotadas de los medios técnicos más modernos.

La Rioja es vid y vino, pero también mucho más. En su territorio, que no supone más que el uno por ciento del nacional, se aúnan paisajes que tienen mucho de mediterráneo y de alpino. Y, por encima de todo, el protagonista es el agua: siete afluentes llevan sus limpias aguas hasta el Ebro, siete zonas forjan paisajes tan variados que permitirán al privilegiado viajero cambiar de mundo sin salir del mismo territorio.Voy descendiendo la pendiente de Bilibio hacia casa, en Logroño, la capital de la Comunidad Autónoma. El día es claro y tengo la ocasión de comprobar, desde este excelente mirador y con un poco de imaginación, todo el territorio riojano en su variedad, la diversidad de sus paisajes, sus múltiples fauna y vegetación.

camino de santiago

La Rioja es la puerta de Castilla, como queda claro en esta imagen del camino de Santiago cerca de Santo Domingo de la Calzada.

Al suroeste, la sierra de la Demanda se despliega bajo el pico de San Lorenzo, de más de 2.000 metros de altitud, a cuyos pies se levanta la modernísima pista de esquí de Valdezcaray, y de cuyos manantiales se nutre el aún pequeño río Oja, que da nombre ala región. Hayas, robles y acebales dominan este paisaje en torno ala dinámica villa de Ezcaray y a las coquetas aldeas que la circundan.

Más al este, la sierra deja paso a los Cameros, tierra de contraste y de extremos naturales. El Camero Nuevo senos descubre como un auténtico vergel, donde los grandes bosques de robles y hayedos se alternan con deforestados bancales, altas cumbres y cuevas profundas, junto a arroyos que saltan en cascadas sobre el río Tregua. En cambio, el Camero Viejo es un mundo de aridez y soledad. Sólo un reducido número de dehesas con encinas y robles tratan de escapar de la belleza serena y esplendorosa de los impo-nentes bancales abandonados, llenos hoy de matorrales que nos hablan de la vitalidad de sus gentes en otros tiem-pos, quizá menos lejanos de lo que a primera vista parece. A lo largo del sobrecogedor cañón del río Leza y sus inter-minables gargantas, los buitres leonados se revuelven sobre las espectaculares paredes tornasoladas.

Ya veo a lo lejos el monte de Cantabria, un promontorio que corona la ciudad de Logroño. Ya estoy de vuelta. Su textura rojiza y arcillosa me trae a la memoria los valles del sureste. Allí apreciarás el paisaje pardo sobre el que tienden a confundirse los buitres, una tierra en la que junto al romero y al tomillo se entremezclan las innumerables huellas fósiles de dinosaurio, las icnitas, que discurren entre Enciso y sus aldeas. Sigue conmigo porque nos vamos a adentrar en otra Rioja, la de las aguas medicinales y los restos arqueológicos de celtíberos, romanos y musulmanes. Un territorio privilegiado que ha merecido la calificación de Reserva de la Biosfera.

Este paseo por La Rioja se termina nuevamente en el Ebro, pero ahora aguas más abajo. La Reserva Natural de los Sotos, en la localidad de Alfaro, es un lugar privilegiado donde el río tan pronto crea y destruye meandros como forma islas. Este paisaje, común en parte al del resto del Ebro, supone un paraíso de flora y fauna de ribera. Pero, de de entre todas las especies, destacan las más de cien parejas de cigüeñas que viven sobre los tejados de la colegiata de San Miguel, en Alfaro. Todo un generoso espectáculo de la naturaleza.

Lo reducido del territorio riojano pone en tus manos un sinfín de recursos a explotar y a explorar, y hace que lo pequeño sea lo primordial por abarcable y por humano. Diferencias climáticas y geográficas son algunos de los motivos que justifican las variedades de paisaje y de paisanaje que podrás apreciar entre, por ejemplo, localidades como Alfaro y Ezcaray.
Como vemos, La Rioja es reino de naturaleza. Pero, en indisoluble alianza con ella, se halla el hombre, que ha aportado a lo largo de siglos su sabiduría, su paciencia, su esfuerzo, sus afanes y sus ilusiones. En otras palabras, el riojano ha ido forjando, siempre con denodado esfuerzo e ilusión, su día a día Esta tierra ha sido a lo largo de su Historia un lugar de acogida y, por lo tanto, un punto de encuentro. Celtíberos, romanos, visigodos, judíos, musulmanes y, desde 923, cristianos. han formado una amalgama de retazos de arte y de culturas diferentes. Si algo puede caracterizar a este pequeño trozo del planeta es que, precisamente, no posee una particularidad concreta.

Al noroeste, donde la Sonsierra se da lamano con el Ebro, se levantan pueblos de contrastada riqueza urbanística y arquitectónica, entre los que sobresalen imponentes castillos de frontera junto a las aguas del río. San Vicente, Ábalos o Briones son algunos ejemplos poseedores de notables conjuntos urbanos y meritorias casonas blasonadas. Pero si algún monumento sobresale por su antigüedad, elegancia y perfección es la iglesia románica de Santa María de la Piscina, muy cercana a la aldea de Peala. De Haro destacaría, sobre todo, sus bodegas y su envolvente casco anti-guo, todo ello impregnado, al igual que en todo su entorno, de un dulce aroma a buenos caldos.

Más al sur, a la sombra del pico San Lorenzo, Ezcaray se nos presenta como una inigualable postal, compuesta de calles porticadas y mansiones hidalgas construidas con piedra y madera. Y sin bajar al valle, el alto Najerilla nos premia en la localidad de Canales de la Sierra con el espléndido románico de San Cristóbal. Aguas abajo, cerca de Nájera, nos podemos deleitar con el que acaso sea el monumento más antiguo de La Rioja, Santa María de los Arcos de Tricio, mausoleo que fuera romano, transformado en basílica en el siglo V.

El elemento eclesiástico primordial de La Rioja Alta lo componen sus monasterios. Cenobios como Valvanera, Santa María la Real de Nájera, Cañas y, sobre todo, San Millón de la Cogolla, brillante foco monástico donde los sillares pétreos se convierten en palabras. Serán las primeras que un monje escriba en una lengua que ya no era latín, y que denominamos romance o español, junto al texto latino de los diccionarios emilianenses números 31 y 46. Más tarde, otro copista realizó anotaciones en lengua romance y en euskera sobre la base latina del códice 60. Nosotros sí lo sabemos, pero los monjes que escribieron estos textos no podían imaginar que estaban alumbrando las primeras palabras que conocemos transcritas en español. Altos valores artísticos y simbólicos que justificaron la inclusión del monasterio en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco en 1997.

En La Rioja Baja casi todo cambia. Las iglesias románicas dejan paso a los restos romanos y musulmanes. En efecto, Calahorra, verdadero tesoro de los tiempos de César, se muestra como una ciudad monumental. Arnedo, envuelta en tierra roj a, arranca en la tardoantigüedad con su infinidad de cuevas, algunas de ellas eremitorios, y alcanza su madu-rez con las iglesias gótico-renacentistas y los palacios barrocos. Y Alfaro, igualmente romana y paleocristiana, se proyecta en su colegiata de San Miguel. Todo este territorio riojabajeño destila por los cuatro costados estilizados am-bientes mudéjares a base de mampostería y ladrillo.

Sólo un poco más al sur nos da la bienvenida el poblado celtibérico de Contrebia Leukade, en Inestrillas, en cuyos restos arquitectónicos eltiempo se detuvo hace cientos de años. A su lado, Cervera del Río Alhama proclama el urbanismo árabe de sus calles, y Enciso y Comago enseñorean sus castillos medievales.

Pero, si importantes han sido para La Rioja sus monaste-rios, no menos trascendencia tuvo y sigue teniendo el Camino de Santiago. Como consecuencia del desarrollo urbano que experimentó toda Europa con el primer cambio de milenio de nuestra era y a partir de la proyección que va adquiriendo desde el siglo XI la ruta a Compostela, irán surgiendo poblaciones como Logroño, Navarrete, Nájera, Santo Domingo y Grañón.

Esta excelsa ruta nos habla de arte, de hospitalidad y de tradición. La ciudad jacobea por excelencia es Santo Domingo de la Calzada, nacida en, por y para el Camino. Toda la villa es en sí un evocativo monumento, gracias sobre todo a su imponente iglesia del siglo XII; pero también es lugar de acogida, como podrás apreciar en lo que hoy es un confortable Parador de turismo y ayer fue un hospital de peregrinos fundado por el esmerado ermitaño Domingo. Asimismo, el Camino es tradición. Junto a la aparición legendaria de Santiago en la famosa batalla de Clavijo, el milagro más conocido tuvo lugar en Santo Domingo, donde, como sabes, “cantó la gallina después de asada” al ser ahorcado un joven peregrino por una falsa acusación de robo. Este no llegaría a morir como consecuencia de la ayuda prestada por el santo.

Por fin, después de este largo pero inolvidable paseo, en casa. El vino, los monasterios, las huellas de dinosaurio y los orígenes de la lengua son algunos de los signos de identidad de La Rioja y de los riojanos. También lo es su capital, Logroño, motor de la región y centro de sus decisiones. Y, dado que La Rioja es pequeña, podemos decir que su influencia llega constantemente hasta el último lugar.

Logroño, junto al Ebro, en el límite con Navarra, es paso obligado hacia Compostela. La visión de sus monumentos y de su moderna urbanización; el bullir de su gente cuando a diario va al trabajo, pero también cuando se entrega a la diversión; el olor fresco del valle tamizado por los aromas del vino siempre presentes en cada uno de los rincones de sus calles; el sabor de las deliciosas tapas y los platos tradicionales de la cocina riojana regados por un magnífico rioja; las tiendas de gran calidad, que le ha valido la nominación de Primera Ciudad Comercial de España; y la cercanía de su población, siempre generosa y hospitalaria, en donde nadie se siente extraño, son aspectos que sirven para adentramos en esta ciudad del siglo XXI que guarda un perfecto equilibrio entre el presente y su memorable pasado.

Hoy, La Rioja y Logroño tienen ante sí un porvenir lleno de múltiples posibilidades turísticas. Una situación geográ-fica y un clima inmejorables, la facilidad cada día mayor de las comunicaciones, la larga experiencia comercial, hotelera y gastronómica convierten ese mañana en un futuro plenamente esperanzador.

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