Introducción al vino de rioja

[si has llegado a esta página buscando una introduccion al posicionamiento web, tu página es la que he enlazado, no esta]

Al principio fue la cerveza. Los pobladores prerromanos de tradición celtíbera que habitaron la región conocida hoy como La Rioja tuvieron en la rubia bebida su brebaje alcohólico más representativo. Pero aun así, es muy posible que la planta de la vid ya existiera aquí en aquellos tiempos, y valorando la trascendencia simbólico-religiosa que el vino tuvo casi desde sus orígenes, incluso es probable que se produjeran algunas elaboraciones rudimentarias.

Las legiones romanas comenzaron la vinicultura

De todos modos, sería la romanización acaecida hacia el siglo I antes de Cristo la que iba a afirmar la presencia del vino en La Rioja. A la expansión vinícola que realizaron las legiones imperiales en casi todos los sitios donde se asentaron contribuyeron en este caso las excelentes condiciones climáticas para el desarrollo de la vid y la existencia de un gran río navegable, el Iber (Ebro), que facilitó la comercialización.

Y aunque, como veremos, su trascendencia varía según las épocas, desde la llegada de los romanos los caldos van a estar presentes en la región hasta la actualidad, estableciendo unos vínculos de unión tan estrechos entre la tierra y su producto que muy frecuentemente se los considera una misma cosa, de manera que el nombre del lugar se ha convertido en sinónimo de la bebida. La prueba está en que a menudo, al hablar de este lugar, incluso personas doctas lo denominen rioja —como genéricamente se conoce a los vinos—, y no La Rioja, la Comunidad Autónoma que además de bodegas y viñedos aúna otros interesantes aspectos.

En cualquier caso, no se puede obviar la repercusión que ha tenido y tiene la noble bebida en los habitantes de esta tierra, pues aparece en casi todos los aspectos de la vida cotidiana. Durante la Edad Media, la región fue un claro ejemplo de la evolución que se vivió a nivel general en Europa. Monasterios como el de San Millán de la Cogolla, Cañas, Nájera o Monte Laturce cobraron un especial protagonismo en la explotación vitivinícola, tanto por la importancia que tuvieron en las estructuras económicas de la época, como por la influencia ideológica que transmitían a través de la religión, en la que el vino ostentaba un gran protagonismo simbólico representando la sangre de Cristo.

Fue sólo durante la Edad Moderna cuando se produjo una importante expansión en el cultivo de la vid, que llegó incluso a poblar zonas próximas a las cordilleras montañosas (Cameros o el valle del Oja), que hoy se consideran poco aptas para esta planta. Poco a poco, los monasterios perdieron influencia en la explotación del vino en favor del desarrollo económico que alcanzaron paulatinamente los núcleos urbanos, entre los que Logroño será el caso más significativo.

Llegan las asociaciones de productores

Pese al crecimiento de los cultivos, los caldos riojanos se consumieron hasta el siglo XVIII casi sólo de forma local o en las provincias limítrofes. A partir de entonces se dan una serie de hechos que van a cambiar esta dinámica, entre los que destacan la creación de la Junta de Cosecheros del Vino de la Ciudad de Logroño y, en particular, la Real Sociedad Económica de Cosecheros de La Rioja Castellana.[fuente aquí, y aquí]

la rioja castellana

Estas instituciones nacieron en el contexto de la mentalidad ilustrada a fin de regular las Ordenanzas del vino y aglutinar los intereses de los productores para facilitar la comercialización. En tal sentido, la segunda de las citadas sociedades promovió la construcción de caminos y puentes que mejoraron las comunicaciones y agilizaron el transporte hasta los puertos marítimos.

El impulso definitivo sucedió durante el siglo XIX. Sus tres primeros cuartos se caracterizaron por el contraste entre la elaboración tradicional, propia de la mentalidad conservadora dominante en la región, y la lenta incorporación de nuevas técnicas para fomentar la calidad, cuyo referente eran las regiones francesas de Burdeos y Borgoña.

La filoxera, esplendor, caída y resurrección del vino de Rioja

La modernización se producirá finalmente en el último tercio del siglo XIX debido sobre todo al ferrocarril, que aceleró la distlibución, y a circunstancias provenientes de Francia. La llegada de la enfermedad de la filoxera a los viñedos del país vecino supuso una oportunidad
para la exportación de los caldos riojanos. A su vez, comerciantes y técnicos galos se trasladaron a La Rioja atraídos por sus condiciones naturales con la intención de hacer negocio y minimizar el impacto de la filoxera en su país [La filoxera es tan importante para los vinos de rioja que le dedicaremos toda una entrada para explicar correctamente qué fue y qué significado tuvo].

Así, las técnicas bordelesas acabaron por difundirse en gran cantidad de bodegas, al mismo tiempo que se establecieron otras nuevas, ubicadas mayoritariamente en Haro, que acabó encumbrándose como capital del vino de La Rioja.

Fue aquí donde se creó en 1892 la Estación Enológica, una iniciativa del ingeniero agrónomo y ampelógrafo (experto en las variedades de la vid y su cultivo) Víctor Cruz Manso de Zalea. Dicha institución contribuyó de manera decisiva a poner al día las técnicas de elaboración y mejorar la calidad del producto.

Pero el esplendor de las últimas décadas del siglo XIX se verá truncado por la llegada de la filoxera. Esta plaga, que indirectamente había supuesto un revulsivo para el viñedo riojano por los estragos que había causado en Francia, acabó penetrando también en La Rioja, provocando graves daños al sector vitivinícola. El primer foco de la enfermedad se detectó en Sajazarra en 1899; y sus efectos no se superaron hasta dos décadas después. Las consecuencias de la filoxera, además de afectar a un 85 por ciento de los cultivos, desencadenaron una grave crisis social, que provocó diferentes conflictos debido a la desprotección en la que se sintieron gran parte de los asalariados y propietarios del sector.

Las vicisitudes afectaron también aun importante número de personas que trabajaban indirectamente para la industria vitivinícola, por lo que la emigración, sobre todo a América, fue uno de los efectos más notorios de la crisis.

Nace el Consejo Regulador

La lenta recuperación culminará en 1926 con la creación del Consejo Regulador de los Vinos de Rioja, que sentó sus bases a principios del siglo XX, pese a la grave situación de aquellos momentos. El nuevo organismo velará por garantizar el origen y la calidad de los vinos desde su aprobación por Real Decreto del Ministerio de Trabajo. Una de sus primeras funciones fue delimitar la Denominación de Origen y establecer un reglamento basado en la calidad de los distintos caldos.

Los años del franquismo se caracterizaron por una evolución llena de altibajos dentro de la Denominación de Origen, circunstancia lógica en una sociedad hermética en la que las instituciones estaban controladas por el régimen y el acceso a las innovaciones era prácticamente inexistente.

El nuevo auge se inicia lentamente en la década de los sesenta y alcanza un importante punto de inflexión en 1991: es entonces cuando se le concede a la Denominación de Origen la mención de “Calificada”, la primera otorgada en nuestro país. Con esta valoración se reorganizan los límites territoriales de la Denominación y el reglamento se adapta a las nuevas circunstancias, con una normativa más estricta que favorece la calidad.

En cualquier caso, la trascendencia del vino en La Rioja no sólo se ha edificado a través de su evolución histórica y la actuación de viticultores y bodegueros. Dada su presencia en la región durante dos milenios, la vid y sus derivados no sólo constituyen una actividad económica, sino también una seña de identidad cultural que abarca campos tan diversos como el paisaje, la gastronomía, la literatura, el folclore o la vida social.

El paisaje del vino no se ciñe exclusivamente a los diferentes aspectos que muestra la vid a lo largo de su ciclo vegetativo anual, que dotan al campo riojano de una personalidad heterogénea: el hombre, explotando la vid y sus frutos, ha generado un rico patrimonio que hoy forma parte del horizonte de esta tierra. Es el caso de la arquitectura popular, donde cabe citar los lagares rupestres, construcciones medievales situadas al pie de las cepas donde se exprimían las uvas; los guardaviñas, realizados por lo general en piedra, que se erigían en el campo como refugio de los agricultores; o, por supuesto, las bodegas, que en sus formas más tradicionales han otorgado a muchos pueblos estas edificaciones.

Comer y beber

El vino siempre ha estado íntimamente ligado a la gastronomía, y en La Rioja no ha sido una excepción. Su consumo es parte fundamental tanto en las comidas de los restaurantes como en la dieta diaria. Hasta no hace mucho tiempo era habitual en las meriendas de los niños regar una rebanada de pan con vino. Este hecho no hace más que confirmar el valor energético de una bebida reconocida como alimento por la legislación actual y, desde siempre, vinculada a un valor medicinal.

Gracias a la adición de azúcar y canela como principales ingredientes, los vinos del año anterior o calidad inferior se convierten en el zurracapote, una bebida alcohólica muy dulce, imprescindible en las fiestas de cualquier pueblo riojano. Antiguamente, los monaguillos la tomaban en Semana Santa para soportar el ayuno.Y en los merenderos, sitios que son el resultado de la arraigada costumbre riojana de juntarse a cenar o merendar en cuadrilla, el néctar de las uvas representa algo más que una bebida.

Las alusiones al vino han sido siempre un elemento recurrente en el lenguaje de esta tierra, de manera que es común toparse con él en el hablar cotidiano y sus refranes; en las letras escritas, a través de la obra de diversos autores; o en las jotas y coplillas ingeniosas de la música popular.

Dado el prolongado tiempo que el vino lleva en esta tierra, resulta lógico pensar que dicha tradición se nutre de raíces aún más profundas. El primer ejemplo literario, de todos modos, se relaciona con otro hito de la cultura riojana: el cenobio de San Millán de la Cogolla, ligado a los orígenes de la lengua castellana. Entorno a este monasterio, el primer poeta conocido de nuestro idioma, Gonzalo de Berceo, nos dejó en su obra diversas alusiones a esta bebida, como el famoso inicio de la hagiografía a Santo Domingo de Silos, escrita hacia el año 1236:

Quiero fer una prosa en román paladino

en qual suele el pueblo fablar con so vecino,

ca non so tan letrado por fer otro latino,

bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.

Finalmente, y para terminar nuestro recorrido por la Historia y la cultura de la vid y su producto, la canción popular más célebre de La Rioja, la jota, nos deja claro qué es lo que compensa cualquier carencia que pueda existir en la región:

En Logroño no hay tranvías, tampoco tenemos metro, tero tenemos un vino que resucita a los muertos.

(Vistp 9 veces desde l 1/6/17, 1 vistas hoy)