15/05/2015

El camino de la Oca y de Santiago por Logroño

El camino de la Oca y de Santiago por Logroño

 

A mediados del siglo IX hubiésemos encontrado a san Juan Ortega, discípulo de santo Domingo de la Calzada, dirigiendo la construcción de la actual planta del puente de Piedra. Y, en los últimos años, hasta el 2002, antes de cruzarlo para acceder ala ciudad de Logroño siguiendo el Camino de Santiago, nos hubiésemos topado con Felisa, ofreciendo a los peregrinos “higos, agua y amor”, la versión más piadosa de “salud, dinero y amor”. Si seguimos lasflechas amarillas que señalan todo el Camino llegamos al casco histórico, donde, en el siglo XIX, hubiésemos podido pisar la alfombra roja de 500 metros que unió la casa de la Rej a Doraday la catedral que pisaron el día de su boda doña Jacinta y el ge-neral Espartero, cuando a su regreso de América había labrado ya la leyenda triunfal de sus atributos. Hasta hace poco, por essas mismas travesías, encontrábamos a Taburete, el rey sin trono de la Senda del Elefante, como se co-noce a las calles Laurel y San Juan, y por extensión al entramado de callejue-las donde se concentra una de las mayores densidades por metro cuadrado de bares, vinos y pinchos exquisitos jamás conocidas. Taburete, tambalean-te y ataviado con la camiseta del Club Deportivo Logroñés, es el testimonio vivo de los otros peregrinos, los de la Senda, el templo sagrado del rioja jo-ven y del yantar a buen precio. Pero no estamos jugando a las adivi-nanzas históricas. Es Logroño, una de las ciudades nacidas bajo la realidad y la leyenda del Camino de Santiago. Cuando la avalancha de peregrinos jacobeos se vio reforzada por el avance hacia el sur de la linea de la Reconquis-ta, los 80 nuevos burszos medievales del norte español se poblaron con éxito si-guiendo el modelo aplicado en la capi-tal de La Rioja. Es decir, a base de la incipiente burguesía artesanal y co-mercial. Todavía en la actualidad, y desde 1997, esta urbe alardea del título de Mejor Ciudad Comercial de Espa-ña, concedido por el Ministerio de Eco-nomía por la cantidad y calidad de sus establecimientos de venta.

Casco antiguo de Logroño

plano casco antiguo logroño

Plano del casco antiguo de Logroño

Fisonomía urbanística del camino en Logroño

Además de en la fisonomía urbanística o artística y en el modelo económico y social, el Camino ha dejado su sello también en la Historia y las leyendas más o menos históricas de Logroño. Para alcanzar el ejemplo más claro debemos seguir el recorrido hasta des-embocar en la plaza de Santiago, en-marcada por la fuente y el albergue del Peregrino, la iglesia de Santiago y, detrás, tatuado en relieve sobre el suelo, un Juego de la Oca de casillas jacobeas, el más grande del mundo, dicen. El mago Merlín se dibuja en la primera casilla y, en la última, por supuesto, Santiago de Compostela. Esta versión gráfica nos remite al origen templario del entretenimiento. Se-gún distintas teorías, a estos monjes-guerreros debemos el nacimiento o la adaptación del juego al recorrido de los peregrinos. Así, el primer “de puente a puente porque me lleva la corriente” del tablero correspondería al tramo que une el de Puente la Reina (casilla 6) con el de Piedra de Logroño (casilla 12). Pero no nos adelantemos como si hubiésemos sacado un seis.

 

Tras salvar el Ebro, nos adentramos en la capital por su calle más antigua, la Ruavieja. Si artísticamente podemos destacar en ella la mencionada Reja Dorada de doña Jacinta, la Casa Gótica y la concatedral de Santa María de la Redonda (así llamada por su torre circular original), los bocatas de jamón con queso de tetilla, los “cojonudos” (lo que di-ces después de probar este canapé de huevo de codorniz y chorizo frito), las “zapatillas” (lonchas de jamóndoblad is sobre pan tostado), etcétera, también podríanreivindicar su declaración como monumento histórico-gastronómico. ¿O no son tan veneradas, o más, las tapas que los tesoros como el cuadro de la Crucifixión atribuido a Miguel Ángel o cualquier obra procedente de los Países Bajos, cuyos artistas se valieron
del Camino de Santiago para penetrar en la Península en aquellos siglos? La orografia llana de la ciudad ha determinado incluso el itinerario de los autobuses por el centro, donde la peatonalización gana espacio desde hace quince años al motor.

—¿Se ha fijado? —dice el conductor de una de las líneas que serpentean por el centro—. Tenemos que seguir un trazado como el de un caracol. Las calles y los peatones no permiten otra cosa. Cruzando la calle Salzasta, la derrama natural del puente de Hierro, alternativa arquitectónica al de Piedra levantada en el XIX conquistamos el corazón del reino del peatón, el tapeo y el chiquiteo, la famosa Senda del Elefante, un reco-rrido en el que manda la uva tempranillo, de la que sale el 80 por ciento del vino joven, ese que tan bien conocen Taburete y demás monjes-bebedores. A la puerta de los bares mandan los cánticos como “aquel al que no le guste el vino es un animal”; y en el interior, en la barra, frases como “antes sin bor-dón que sin bota de vino”. Expresiones tradicionales que aquí parecen renovarse diariamente.

Siguiendo cualquiera de las callejuelas —Portales, San Juan, Barriocepo, Laurel—, llegamos al último testimonio del Logroño defensivo y amurallado, la puerta del Revellín. Muy cerca se en-cuentran las bodegas tradicionales e industriales, Juan Alcorta, Ontañón u Olarra, que han reestructurado sus ins-talaciones para transformarse en autén-ticos museos del vino. Raquel Pérez Ontañón, responsable de Bodegas On-tañón, las primeras en reconvertirse, ha sido nombrada, a sus 31 años, empre-saria del año 2005. Se le llena la cara de orgullo al hablar de “enoturismo”, la nueva etiqueta de progreso para explo-tar la cultura del vino.

—Pero también hay otra etiqueta, en este caso universal: la cultura que rodea ala calle Laurel —comenta, antes de referirse al “gesto”, esa palabra que se repite entre los logroñeses y que ella define como:

—El alma de nuestros ciudadanos, su tendencia natural para acoger al que llega de fuera y su predisposición a reunir a todo tipo de gente en un mis-mo espacio, como ocurre en los bares de estas calles.

—Y el natural de Logroño, ¿cómo es?

—Conservador en el fondo y progresista en las formas. Por ejemplo, se siente orgulloso de su vida pausada, en la que todo está al alcance de la mano. Pero ante el futuro apuesta por la novedad. Esto nos ha permitido estar siem-pre a la vanguardia de la economía. O sea, aquel mismo espíritu burgués y comercial con el que nació la ciudad durante la Reconquista. Dentro del gran escaparate comercial que es Logroño, en esta zona se dan la mano la bota de vino o la pelota de fron-tón riojana, de piel de cabra, y los pro-ductos del siglo XXI. En este espacio, centro neurálgico de la zona oeste y uno de los de la movida nocturna, también

La puerta del Revellín (arriba) es el único testimonio tangible de la muralla que en sus tiempos circundó la ciudad medieval. Fuera de ella quedaba el espacio que actualmente ocupa la plaza de El Espolón (derecha).
Como otras ciudades españolas, Logroño siempre miró de lejos el río. Sin embargo, en décadas recientes, el Ebro ha sido integrado a base de nuevos puentes, como el diseñado por Javier Manterola en la zona del Ferial.

 

Se ha ido levantado un monumento a la Historia de España: el convento de la Merced que, tras la Desamortización, fue fábrica de tabacos y, desde hace una década, parlamento regional. Muy cer-ca, el teatro Bretón, honor a Bretón de los Herreros, natural de Quel, ha alcanzado categoría de acontecimiento cultural anual gracias al festivalActual, única referencia capaz de calentar la cultura y sobre todo el panorama musi-cal español tras las navidades. El teatro comparte cartel en el festival con otros espacios, como los antiguos cines Golem, que repasan en esos primeros días de enero, de 12 de la noche a 7 de la mañana, la producción cinematográfica de calidad del año anterior. Pasado y presente no es aquí sólo una frase hecha: rock, sonidos electrónicos y étnicos, y teatro y cine de vanguardia son capaces de atraer a 30.000 personas en una semana sin perder el mejor sabor a Logroño: la cuna de un vino que sabe ponerse a la altura de todos los públicos con la misma calidad. El vino también nos va a conducir por el resto del recorrido histórico, las zonas este y central. Por supuesto, no sin antes pasar por algunos de los pasos artísticos obligados, como la iglesia de San Bartolomé —torre mudéjar y por-tada gótica— o Santa María del Palacio, con esa torre gótica piramidal que le da una exótica personalidad al cielo de la ciudad. Las fiestas de San Mateo, el 21 de septiembre, son la coartada perfec-ta para saltar a dos espacios públicos de este otro lado del casco antiguo: las plazas de El Espolón y del Ayuntamiento. La primera está marcada por el mayor pisado de uva que puedan ver

nuestros ojos y la segunda, por un edi-ficio de Moneo de los ochenta, de cuando el arquitecto aún no era el fa-moso artista que es ahora. Junto a El Espolón, desde el conven-to los Carmelitas, su prior, José Miguel Garrido, tiene una atalaya privilegiada sobre la ciudad comercial. Por un lado, la cuadrícula callejera apodada Las

Cien Tiendas, más tradicional, y por otro lado, la Gran Vía. —Creo que tengo criterio para com-parar, y puedo afirmar que no hay en España otra Gran Vía más brillante y elegante que la de Logroño. Cuando regresé de Colombia después de diez años, me sorprendió. No se puede ex-presar más gráficamente la riqueza de esta ciudad—subraya el prior, quien no duda en afirmar que en Logroño hay tantas obras como en Madrid—. Aun

que quizás parezca una exageración. En efecto, en esta ciudad se construye a marchas forzadas pero todo tiene su cara conservadora: —Soy navarro —aclara José Miguel—y tengo perspectiva. Aquí la seculariza-ción no ha avanzado tanto en las últi-mas décadas como en otros lugares tradicionalmente más religiosos. En
ninguna otra ciudad como en Logroño, o en su región, ha vuelto a calar tan hondo la identificación con el Camino de Santiago, incluso más que en la muy católica Navarra. Con el estómago mimado por los manjares del edén riojano, las verduras de la ribera y las carnes de la sierra que pueblan las cartas de sus restauran-tes, ¿a quién puede extrañarle el “ges-to” conservador de esta ciudad? La Historia de Logroño no sólo se escribe día a día en sus piedras monu-mentales: está en los bares de la calle Laurel, en sus cocinas, en los chatos de vino o en las abarrotadas vitrinas de sus tiendas. Só-lo los nuevos centros comerciales de las afueras amenazan la existencia de este museo antropológico vivo que crece en las calles. Pero como vemos, en sus es-pacios hay muy poco de Juego de la Oca o de metafisica medieval. Es Logroño en estado puro.